Blog Siglo XXI de Ricardo Rouvier

Espacio de análisis y diálogo sobre política y cultura

La Palabra

Por Ricardo Rouvier • Feb 3rd, 2010 • Categoría: En los medios

Publicado en Diario Perfil el domingo 24 de enero

Una cosa es la palabra vaciada y flotando en soledad que la palabra sostenida con una referencia que le da sentido, o que cierra su sentido. Una, es hablar del “hombre nuevo” hoy, que hacerlo cuando el Che estaba vivo y en combate, Cuba era un faro irradiador y existía el campo socialista. Ambas situaciones refieren a las cambiantes condiciones del discurso. Aquello era un emblema, una promesa, una utopía asentada en un poder mundial en disputa.  Hoy, aquellos términos casi han desaparecido de la circulación del habla. También; la palabra pueblo, desde antiguo vinculada a futuro, a destino; y que es nuclear a algunas utopías europeas del siglo XX o a los movimientos del tercer mundo, fue sustituida por una categoría más débil: opinión pública.

Aquella idea-fuerza moderna del progreso continuo que impuso el positivismo, fue empalmada con aquella en que la humanidad podía desplegar su potencialidad; pero sucumbió antes de la caída del socialismo. Fue desplazado por el reinado de la autoreferencia y un  hedonismo sin ética. Hay un logos técnico que sostiene el discurso, sobretodo, de los jóvenes; también está en las lecciones sobre el mercadeo. En los eufemismos que enfrían los daños de los especuladores; cuyas consecuencias las pagan los que menos tienen, que siguen capturados subjetivamente por sus patrones. También hay que registrar, que el vocablo democracia genera menos dudas en nuestras comarcas.

Las sociedades actuales están expuestas ante la autoridad de un puñado concentrado de ganadores que no tienen rival. Porque, con los antiglobófilos o los movimientos sociales, no alcanza. Acompaña esta historia, los lenguajes acordes a la inmovilidad de las cosas.

La cultura dominante fue erosionando la jerarquía de las palabras ordenadas en ideas, y resignificándolas. En política la mayoría de los actores disponen de un arsenal de palabras que marcan un espacio ideológico con mayor o menor conciencia; e intentan producir algún cambio en la quietud de la realidad.

Pero, el problema es cuando las palabras no se pueden sostener en  lo que la constituye, se vuelve inocua. La lucha discursiva, entonces, es una confrontación de simulacros, muchas veces una beligerancia inútil, que desnuda la ausencia de una base estructural de los iconoclastas; y la suficiencia de los dominadores. Y gana aquél que expresa mejor el sentido común de la comunidad y los enunciados de los videographs.
Pero, estos cambios están en paralelo con la relación de fuerzas mundiales y las actualidades hegemónicas. El problema–dijo Humpty Dumpty– consiste en saber quién manda. Y esa pregunta, guste o no guste, hoy tiene su respuesta.

Es indudable que la evolución  cultural, han perjudicado más a la izquierda que a la derecha. La rígida y tradicional topografía ideológica se flexibiliza, perdiendo oportunidad los extremos.  Pero, ha perjudicado más a los que exhiben un discurso clasista, sin clases; o un discurso emancipador, sin masas.

Posibilita, y también limita a los gobiernos reformistas porque los obliga a caminar por un sendero muy estrecho y cuidarse de cómo enunciar los cambios, so pena de no ser comprendido. Los intentos transformadores tienen que transitar sobre un espacio resistente del status quo; y reconoce, con contradicciones, la hegemonía del núcleo duro del sistema.

El cambio también ha alcanzado a la derecha, que evita autoidentificarse, refugiándose en versiones más moderadas. Posse no es Maurras. Tampoco Macri es  Alvaro Alsogaray,  no solo en cuanto a las fortalezas de las lecturas; sino al sentido pragmático de aquél que chocaría con el espíritu dogmático de este.

Frente a estos nuevos escenarios de la palabra, es que hay excepciones a la tendencia. Y una de ellas que sobresale, porque hay una relación fuerte y directa entre palabra, idea y realidad efectiva, es la experiencia boliviana. Experiencia que merece ser vista como una originalidad frente a un configuración social en que muchas palabras se desplazan como cáscara, despreocupadas de su objetividad.

Ricardo Rouvier

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