Homenaje al Photoshop
Por Ricardo Rouvier • Sep 9th, 2009 • Categoría: Insignificancia
Ella se rindió, no se acuerda la fecha, pero no pudo resistir las recomendaciones de su cofrade de peinadores, ayudantes y secretarias. Con el espejo estaba peleada y había hecho sacar todos de su bella casa de Barrio Parque. A ella le molestaba que fueran tantos que le dijeran algo y que a cada paso se confirmaba en el vidrio. Estaba acostumbrada al susurro, a charlar de a dos, y a medida que la tertulia se extendía, el nivel de secreto aumentaba; y ya eran varios los que le aconsejaban qué hacer. Tenía miedo de que eso llegara a las revistas de sucesos y a los programas de chimentos de la TV. Pero ella era una reina y finalmente, los periodistas se autocensuraban para no perder su confianza y las notas prometidas.
Por debajo de su platinado hollywoodense, sobresalían los núcleos de grasa amarilla que se pueden tapar, pero que llega un momento que se notan. Y la luz no puede hacer milagros; ya las sombras habían hecho su trabajo, pero no había nada para inventar. Cada foto, era una tortura y un enojo con el fotógrafo. No se aguantaba más esa realidad que le perforaba la cabeza. ¿Acaso había llegado el fin?. ¿La decadencia estaba a las puertas de sus mejillas, de sus labios, de sus colgantes debajo de los brazos, de sus caderas que aumentaban los talles de la ropa, de las patas de gallo?.
Le daban ataques de furia cuando la doméstica, gorda ella, le alcanzaba un traje sastre estilo inglés que no podía encajar en su cuerpo. Rompía todo, echaba a la señora gorda, y mandaba a hacer un talle más. Para colmo le gustaban los colores claros que le hacían diversos diseñadores y la obesidad y los años se notaban aún más.
Hasta que un día - ella no se acuerda cual fue – tomó la decisión y fue en un estudio fotográfico. Las nuevas tecnologías venidas de países en serio y que ella admira, le daban la posibilidad de que utilizando ciertos lentes, le devolvieran la figura de diez o quince años atrás. Y así empezó.
Las pruebas que le alcanzaron le satisficieron, parecía otra, más joven. Ella misma, pero diez o quince años atrás. Tuvo un instante de felicidad y alguien le alcanzó la revista Gente de aquel viernes 12 de diciembre del 2008 que decía: “Susana Giménez, quien es llamada “Kika” cariñosamente por su nieta ya que no le gusta que le digan “abuela”, se embarcó en la primera clase de un vuelo de Air France para viajar junto a su nieta, quien lucía un look gótico, rumbo a la capital del glamour.”
“Lucía es la más parecida a mí; por eso nos llevamos de maravillas… Compartimos el gusto por la moda, el maquillaje, la música. Tenemos grandes charlas, jugamos a la canasta y al burako. Somos muy compinches, de verdad”, comentó la Su a la Revista antes de subirse al avión.
Las campañas la mostraron blonda, espléndida, y con una figura varios centímetros menos. De este modo ella se dispuso a vivir hacia el futuro de esta manera: Su es su photoshop. De ahora en más, en la publicidad parecerá una autopista recién terminada; aunque cuando está sola a la noche y se saca la pintura de la cara, lo haga sobre un taburete que es desbordado por las carnes de su trasero que se extienden más allá de los bordes. Pero, no le importa mientras viva su vida de foto en foto, de luz en luz. Igual, decidió no reingresar los espejos; ellos están prohibidos. Ella está tranquila en un país intranquilo. Tiene una certeza; mucha gente y la hija de su hija, Lucía se le parecen.


