Blog Siglo XXI

Espacio de análisis y diálogo sobre política y cultura

La inteligencia fracasada

Recomendar este post por e-mail a un amigo Recomendar este post por e-mail a un amigo

Por el autor • Jul 22nd, 2008 • Categoría: Aluvión Zoológico

“Pero con la aparición del lenguaje, las cosas cambian. No se trata ya de creer en lo que veo, sino en lo que me dicen. Y esto resulta ya más azaroso, porque el lenguaje sirve como sustituto de la experiencia, sin ninguna garantía. Con la palabra nació la comunicación, pero también la mentira, y nuestra maquinaria de formar creencias resulta engañada con facilidad. Los medios de comunicación favorecen ese engaño porque pueden crear un simulacro de realidad.
El poder siempre ha utilizado esta debilidad anacrónica. Los mecanismos de ejercicio de poder son permanentes y se reducen a tres. La capacidad de hacer daño. La capacidad de dar premios. La capacidad de cambiar las creencias. Haber comprendido esto último fue una de las muestras del genio de Napoleón, lo que le hace tan moderno. Me detengo en este caso, no sólo por la fascinación del personaje, sino porque reciclaré el ejemplo en el último capítulo. Cuidó su imagen pública como otros cuidan una imagen sagrada, con tenacidad y fervor. Descubrió que la opinión popular era todopoderosa y dedicó su talento a modelarla o a cautivarla. Tenía que persuadir al pueblo de la infalibilidad de su destino. Supo crear su leyenda gloriosa mientras estaba viviendo una historia a veces cutre y a veces terrible. Creó un tipo de dictador que ha sido después abundantemente copiado: el hombre providencial. Después de arramblar con el poder necesitaba legitimar lo ilegítimo. Y consiguió convencer al pueblo francés, que en 1.802, le eligió cónsul vitalicio por abrumadora mayoría.
No sólo quiso hacer la guerra, quiso también contarla. Destinado como jefe del ejército en Italia, en 1.797, funda un periódico: El Correo del ejército de Italia, y al mes siguiente, otro: Francia vista desde el ejército de Italia. A renglón seguido crea su propia imagen, con toda desvergüenza: “Bonaparte vuela como el relámpago y golpea como el rayo. Está en todas partes, lo ve todo. Es el enviado de la Gran Nación. Sabe que es de esos hombres cuyo poder no tiene más límites que su voluntad”. Cuando parte para Egipto, no se olvida de llevar una imprenta. Es una de sus armas preferidas. Lanza El correo de Egipto. Conoce tan bien el poder de la prensa que al día siguiente de su golpe de Estado reconoce: “Si suelto la brida de la prensa, no me mantengo más de tres días en el poder”. El día –el 19 brumario- hace publicar el Le Journal de París: “El primer guerrero de Europa, convertido en el primer magistrado de Francia, es el hombre providencial que esperaba un país agotado”. Y un año después, reforzando el mito providencial con el mito del superhombre, publica el siguiente retrato: “La fuerza prodigiosa de los órganos del Primer Cónsul le permite dieciocho horas de trabajo diario; le permite fijar su atención durante esas dieciocho horas sobre un mismo asunto o sucesivamente sobre veinte, sin que la dificultad o la fatiga de cualquiera de ellos entorpezca el examen de otro. Su capacidad de organización le permite ver más allá de todos los asuntos, mientras trata cada uno de ellos”.
La credulidad, que es un rechazo mecánico a toda crítica, una bobalicona aceptación pasiva de lo que llega por canales cualificados, es un dramático fracaso de la inteligencia. En el otro extremo, la desconfianza radical, el régimen permanente de sospecha, también lo es.”

José Antonio Marina (filósofo y ensayista español contemporáneo)
La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez (2004)

el autor es
Escribir al autor | Todos los posts por el autor

Envie su comentario